Ramiro Francisco
La última vez que estuvimos juntos, conversamos mucho y nos reímos bastante, de todas las “maldades” que hicimos cuando muchachos.
Él era el mayor de los ocho hermanos. Mamá lo quería muchísimo. Era su mimado primogénito. Su consentido.
Tremendo trabajador. Aprendió a manejar equipos pesados y muchas veces llegó a trabajar en pequeñas grúas y esas cosas. Se desempeñaba además como operador o “güinchero” en barcos, por su condición de miembro del gremio portuario.
Sus últimos años los pasó en cama. Perdió ambas piernas por complicaciones diabéticas.
Acaba de partir a la eternidad.
Cuando llegaba a visitarle, siempre trataba de que esos momentos fueran agradables. Cuando se visita un enfermo, no se habla de desgracias, dolores ni desencantos.
Si bien es cierto que la realidad es la realidad, la esperanza y el aliento, no deben faltar en cualquier conversación con una persona enferma. La última vez que vivo estuvimos juntos, al irme se quedó tranquilo y sonriente.
Mongo: No te detengas. Que ÉL sea tu Guía y Luz y nuestros padres ya idos primero, te vuelvan a abrazar con ternura.





