Lamentablemente, los partidos del sistema han demostrado una vulnerabilidad vergonzosa ante las fuerzas oscuras del crimen organizado.
Su complicidad, activa o pasiva, los ha convertido en aliados necesarios de la podredumbre que carcome nuestras instituciones.
Carecieron de los más elementales filtros para impedir la penetración de agentes del narcotráfico y otras mafias.
Estos individuos han logrado acceder a posiciones electivas o, de manera aún más insidiosa, se han erigido en potentados contribuyentes financieros, corrompiendo el sistema desde sus cimientos.
Sus mecanismos de admisión han resultado tan endebles -o más- que su opacidad a la hora de rendir cuentas claras sobre el origen de sus fondos, han sumido a la ciudadanía en una incertidumbre deliberada.
Con esta actitud, han traicionado los fundamentos que supuestamente validan su quehacer como garantes de la democracia y la institucionalidad.
Al tolerar, por acción u omisión, la infiltración de elementos corruptos y malsanos, no solo han permitido que se corroan sus propias esencias, sino que han abierto las puertas del Estado a la delincuencia.
Las consecuencias de esta penetración son una pérdida de credibilidad y una crisis de confianza de los electores, pero el daño real es mucho más profundo.
Lo más grave reside en el saqueo al Erario, la burla a las leyes y el quebrantamiento de la seguridad nacional y ciudadana perpetrados por antisociales que encontraron cobijo y complicidad en las altas esferas de estos partidos.
Fruto de esta nociva invasión, han sucumbido a la compra de sus principios y han prohijado el encumbramiento de malhechores a puestos clave en el Estado.
Esto ha ocurrido de manera flagrante en el poder legislativo, en los municipios e, incluso, en los cuarteles.
Fuera de esos ámbitos, los delincuentes que anidaron en los partidos o en sus gobiernos han gozado de un perverso contubernio con las autoridades, permitiéndoles enriquecerse ilícitamente con una impunidad escandalosa.
Ante este panorama desolador, los partidos políticos están en la obligación moral de realizar un mea culpa por estos fallos y complicidades, conscientes o no.
Sin embargo, estamos seguros de que no lo harán como un ejercicio genuino de despojo, perdón y retorno a sus orígenes.
Su historia reciente no es más que la crónica de una claudicación anunciada.
Editorial Listín Diario





