Un lunes de noviembre por la mañana, mientras me disponía a llevar a mi pequeño terremoto al colegio, me sentía estresada por todas las tareas que tenía para ese día. Comencé a quejarme: que estaba cansada, que se me haría tarde, que odiaba irme en carro público y que los tapones me tenían irritada. Mi esposo, con esa calma que a veces desespera, solo me miró y me dijo: “Así como estás vaticinando tu mañana, así será”. En ese momento no quise darle la razón, pero después entendí que tenía toda la lógica del mundo.
Nosotros somos los únicos responsables de cómo decidimos vivir cada jornada. Es cierto que no podemos controlar todo lo que sucede, pero sí la manera en que reaccionamos ante ello. La actitud es un filtro: puede teñir el día de negro o de arcoíris. A veces nos enfocamos tanto en lo que nos falta o en lo que nos sale mal, que dejamos de ver lo que sí funciona, lo que sí es bueno, lo que sí está ahí como una bendición cotidiana.
La vida, con sus prisas, sus deudas, su cansancio y sus imprevistos, siempre nos pondrá a prueba. Pero cada amanecer trae una oportunidad nueva para mirar el mundo con gratitud. Quejarse es fácil; agradecer requiere práctica. Sin embargo, cuando decidimos hacerlo, empezamos a notar que todo cambia: el ánimo, la paciencia, incluso las circunstancias parecen volverse más llevaderas.
Dios no promete días sin problemas, pero sí fuerza para superarlos. Él tiene un propósito para cada situación, incluso aquellas que parecen no tener sentido. Quizás los tapones te enseñan paciencia, la espera te enseña fe, y los tropiezos te enseñan humildad. Ver la vida desde esa óptica no es negar la realidad, sino confiar en que todo tiene un para qué.
Cambiar la forma en que pensamos transforma lo que vivimos. Por eso, hoy decido respirar profundo, sonreír y agradecer. Porque una actitud positiva no elimina los problemas, pero sí nos da la fuerza y la serenidad para enfrentarlos. Y al final del día, eso es lo que marca la diferencia entre un día más… y un día realmente vivido.
Fuente: El Caribe





