Por Héctor Gaud
No es necesario que nos comuniquemos, ya eso lo hicimos. Temo que lo necesario es que conversemos mirándonos a las caras, como adultos, porque entre nosotros han ocurrido situaciones muy serias que debemos retomar. Aún no recuerdo cuando descubriste mi inocencia, aunque sí rememoro cuando por tu falda me sentí atraído.
De frente a ella hice esfuerzos para mantenerme de pies y virgen en tus intentos de desflorarme para que te explorara, mientras las ganas de acercar las manos a ese ruedo y al encanto de esa flora que finalmente indagué. Llegué a tus zonas húmedas y a las áridas, con las manos las toqué, también las olfateé y el extremo de tu fuerza aún mantiene vigente el sistema sensorial de mis sentidos que reviven en cada momento tus olores de esas deliciosas fragancias que solo tu tienes la capacidad y la habilidad de expedir.
Recuerdo que no presentaste ninguna oposición al atrevimiento, a pesar de la edad y de la inexperiencia. Tu voluptuosidad y lo excelso de tu belleza eran tan imponente que, no ceder a tus encantos, podía ser la forma más irreverente de ofender tu beldad.
En vertical, de cara a ti, con mi sudoroso cuerpo, cuando nuestras miradas se confundían entre sí, con las garras de mis manos, con la fiereza de un lobo, tu lacia cabellera desgarraba hasta sentir conjugadas las ansias de llegar al éxtasis de tu cima y sentir el suave rose de las gélidas brisas que, sin importar el verano, atrevidamente transcurrían sobre ti, como buscando otra conquista.
Llegó un momento en que pensé que alucinaba porque en la embriaguez de la emoción, hasta tu Cristo llegué a ver, pero, de repente también la memoria recobré y me di cuenta de que él también me miraba, en reclamo de mi irreverente atrevimiento. Pero, no me importó haber llegado tan alto en ti, era lo imperativo, a pesar del reclamo, el pecado y las circunstancias. Porque lo importante del momento era estar encima de ti.
Eran incontenibles los deseos de seguir en tus adentros, sentir la humedad en la vestimenta hasta consumar el placer de llegar a tu tope y, desde allí disfrutar del paisaje que ella exhibía disfrutando del baño en el océano.
Descenderte verticalmente esquivando algunos elementos de tu cuerpo, era como quedar momentáneamente vencido por el placer y, cuando al transcurrir de unos días y, sin la necesidad de ningún estimulante, volver a ti, era incontenible.
Consumado el placer dentro de tu falda y en la altura de tu cima, entonces, explorar cada rincón de tu cuerpo era la propio que proseguía. La parte central de tu cuerpo siempre ha lucido imponente, organizado e higiénico. En esa área, cuando se habita, es imposible abandonarte por esa especie de vicio que genera el permanecer ahí.
Luego, con evidentes muestras de insatisfacción te resistía a mi necesidad de descanso, entonces, me llevaba a tus orillas para recuperar energía y tener la necesidad de concluir lo que aún no había terminado. Entonces, ir a tus aguas era lo que correspondía. Caminar por tus espumosos bordes de un extremo a otro, de arriba abajo y de abajo arriba, en franca señal de ofertarme la exquisitez de lo que significa el deleite en ti.
Pero aún el acto no terminaba, era necesario transitar por las dulces aguas de tu lecho y poder probarte en lo más profundo de tu ser y el real nacimiento de la vida. Supiste con amor y dulzura conducirme a tus cristalinos manantiales donde el frescor de su liquido accionaba como perfecto energizante para continuar adherido a tu origen, como una sanguijuela que transforma el contenido del flujo sanguíneo en algo bueno y saludable.
Ya el vicio de seguir en ti se había convertido en una especie de opio, que convirtieron en sueños irreales los propósitos de vida. Entonces, con profundo dolor, se hizo necesario parar y emprender nuevos rumbos para poder enfrentar otras tareas a las que las vidas de quienes gozamos la fortuna de haber nacido en tus entrañas, debíamos enfrentar.
Tomé la mochila y, por uno de los caminos que fraccionan tu cuerpo, emprendí nuevos rumbos que, a pesar del tiempo y la distancia, no han sido suficientes para provocar que, en cada instante y momento de la vida, la majestuosidad de tu presencia permanentemente me obligue a regresar a ti. Como si se tratara de una premonición mesiánica o la definición de la fe cristiana, cuando se siente la certeza de lo que espero y la convicción de lo que aún no veo.
Este dialogo lo tenía pendiente contigo, tu montaña y tus aguas, amada ciudad.





