Hector Gaud
En la esquina donde se amarraban los burros cuando los cosecheros campesinos de las comunidades aledañas iban a ofertar sus productos en el mercado de la ciudad, parece que en ese lugar pudo haber existido una casa. Era extraño que la primera casa de la calle San José, o calle de los burros, iniciara con el número 4, el cual es número que corresponde a la casa donde vivía una de las familias Lockward que residían en esa calle.
La cuarta propiedad, en vez de tener el número 8, tenía el número 10. Una casa que siempre tuvo pintada de color verde oscuro, en ella habitaba la familia Peña y, resaltaba porque en uno de sus laterales había una llave donde algunos de los residentes del barrio iban por el suministro del preciado líquido que nos ayuda a mitigar la sed, higienizar el cuerpo y para la limpieza en general. También, en el frente de esa propiedad estaba ubicado uno de los postes utilizados para el alumbrado eléctrico, donde durante las horas nocturnas se daban cita los tertulianos barriales para compartir historias y juegos propios de la época.
En esa familia, hubo un engendro humano que resaltó por su capacidad de mostrar sus cualidades de encantador de serpientes. Durante un buen tiempo, ese vecino de barrio trabajó para la empresa que se dedicó a procesar la semilla del cacao que da como resultado el mundialmente apreciado chocolate, era la Industrial Chocolatera Dominicana. Esta empresa estaba localizada en una especie de bifurcación que formaban las calles Separación y la 30 de marzo. En ese entonces, esa empresa quedaba lejos.
Flaco, con apenas unos cinco pies de estatura, de abundante pelo crespo en forma de moña que moldeaba la figura de una proa de barco y que la utilizaba como uno de sus atractivos para cautivar a las damas de la ciudadela. Obviamente, también de frente a sus ojos y sobre la inclinación del tabique de su nariz, descansaban una tremenda moldura de gafas de sol que le servían de reforzamiento positivo de su baja estatura y su casi invisibilidad humana.
Luego de su trabajo en la chocolatera, su próximo oficio fue el de las rifas de aguantes. Era frecuente verle caminar por los lugares más recónditos de la ciudad en búsqueda de sus clientes. Un trabajador incansable en el cumplimiento de los deberes de esa tediosa tarea, donde el azar podía tener espacio para una mala jugada en caso de que los clientes acertaran con uno de esos números que eran considerado como una viga.
En el pueblo se sabía muy poco de las virtudes que él tenía para cautivar a aquellas mujeres con las logró tener romances, inclusive matrimonios. Todas las que se les conocieron fueron calificadas de puros cromos de mujeres.
Uno de sus matrimonios fue el que materializó con aquella hermosa dama de los alrededores del barrio los Dominguez. Aquella que luego se dedicó al gestionar un salón de belleza para posteriormente resultar como el non plus ultra de ese trabajo. Esa elegante mujer de noble rostro con aspecto angelical y bella sonrisa por donde traslucía un dejo de picardía femenina. Ella supo convertirse en el referente de la belleza vernácula y de interrogantes que nunca podrán ser respondidas. Porque formalizar un proyecto romántico y matrimonial con ese singular ciudadano, siendo ella una mujer tan bella, simplemente fue algo inexplicable porque se sobrepuso a la razón y a la inteligencia humana. Pero, como dicen los de ahora: eso es lo que hay o, lo que hubo.
En ese cautivador de bellas mujeres se refugiaba un personaje un tanto extraño. A parte de no presumir de nada, era un tanto tímido y de perfil reservado. No era un gran conversador, aunque en oportunidades se le veía compartir animadamente con sus semejantes del barrio. Pero, la verdad debe prevalecer, sobre todo: él no era un portador de condiciones que pudieran hacer desvanecer y deslumbrar a ninguna fémina en sus brazos. A lo mejor, en los espacios reservados a la intimidad, el personaje podía mostrar condiciones excepcionales que, a simple vista quedaban ocultadas en aquel de diminuta estatura. Pero, lo que es cierto, es que con algo contaba para haber tenido éxitos en sus emprendimientos sentimentales.
Su pelo en forma de moña fue algo de lo que pudo presumir y ser uno de sus amuletos para los conquistes de damas. Ahora se cuenta que ya sobre aquella cabeza donde habitó ese copo de pelos duros en forma de moña, ya nada queda de aquella reminiscencia proteínica sintetizada en forma de cabello. Ahora, el tipo está totalmente calvo y, quizás sin el efecto del invento en forma de píldora azul que sirve de apoyo a los septuagenarios que aún se resisten a los efectos propios de la naturaleza biológica humana.
¡Así era ese personaje residente de la calle de los burros!





