Ramiro Francisco
En Neuquén-Argentina-a mi yerno Federico Ferrero Faure (Fefo)
De lo ocurrido aquel Domingo de Resurrección, todo quedó plasmado en los llamados cuatro evangelios que podemos leer en la Biblia. Cada uno de esos autores, nos da un pincelada diferente o complementaria, a los fines de entender mejor el texto.
Es como si dijéramos en nuestros días, más fuentes para ser consultadas sobre un mismo hecho.
De ellos aprendemos, que fueron algunas mujeres que conocieron de hecho, sobre la resurrección del Maestro, primero que todos los otros discípulos, al presentarse al sepulcro.
Lo que vieron allí, lo que escucharon y el diálogo de Jesús con María Magdalena, todo está escrito.
¿Tenían miedo los discípulos? Si. No olvidar la situación imperante: Palestina gobernada por Roma y la pugna entre las principales autoridades religiosas y políticas con el Maestro y sus discípulos.
Aunque se reunían y comentaban sobre el futuro del movimiento, porque fue en una de esas reuniones en horas de la noche y “a puertas cerradas”, cuando el Resucitado se presentó esa primera vez, con la ausencia de Tomás El Dídimo.
Cuando sus compañeros les explican lo ocurrido y lo tratado allí, lleva a Tomás a proferir lo que dijo. Llámele incrédulo, necio, desobediente. Lo que usted mande. Creo que todos estaban en la misma situación de miedo e incredulidad antes de ver al Maestro.
Ocho días después, vuelven a reunirse. Tal vez, guardando la distancia- como lo hacían Duarte y los Trinitarios.
Otra vez, dicen las Escrituras “a puertas cerradas”. Y en esa ocasión, sí estaba Tomás. ¿Alguien de los discípulos le habría revelado a Jesús, lo expresado por este? No había forma.
A puertas cerradas, en su amor infinito, le muestra todo cuanto deseaba ver Tomás.
Y a quienes le veían como un espíritu, por aquello de entrar con las puertas cerradas, pero nunca lo externaron… les dijo “un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo”.
Si hubiera sino una esencia, una sombra, una imagen, Tomás, no puede tocarlo.
Etapas, escalones, peldaños en las vidas de cada uno de ellos, que tenían que cruzar.
El permanecer escondidos y el miedo, desaparecieron.
¡Nunca fueron los mismos!





