Ramiro Francisco
A Omar Mesón y Eduardo Llibre con respeto y cariño.
Ahora que se habla de reformas en organismos castrenses, hacemos uso del título de una emblemática canción de Danny Rivera, titulada ¡Qué daría yo!.
¿Usted puede imaginarse lo siguiente?
Un carro marca Sonata, con cuatro personas dentro. Una “mujer” al volante, un señor muy mayor a su lado. En el asiento trasero, uno de los pasajeros lleva el brazo izquierdo con un yeso puesto y lentes oscuros detrás del chofer.
Su compañero aparenta ser una persona muy mayor. Se ayuda de un bastón para caminar y lleva puesta una gorra.
En medio de ellos –hay una maleta pequeña-sobre el asiento.
Son detenidos en uno de los tantos retenes de la carretera. El chofer –la mujer – baja el vidrio de la puerta y recibe la pregunta –¿Llevan armas de fuego?
La persona con el yeso responde: tenemos tres pistolas que usamos. A lo que el comando señala, que van a revisar el vehículo.
Es entonces cuando el ”viejo del bastón” le dice, que desean hablar con su comandante. Todo tranquilo. Nadie se mueve. La “mujer chofer” mantiene sus manos sobre el volante.
El joven militar les dice que su Comandante está ocupado. Se acercan dos vigilantes más y los tres guardias, mantienen una ligera conversación.
Uno de ellos, con mucho respeto y decencia les pregunta ¿Quiénes son ustedes?, pero no recibe respuesta a su pregunta. El día comienza. Apenas son las siete de la mañana.
Vuelve el “viejo del bastón” a tomar la palabra y le ordena: ¡Busque al Comandante de este puesto!
Es entonces, cuando deciden requisar sin más el vehículo, y les ordenan a todos salir.
Todos salen. El primero que lo hace, es el del “brazo enyesado”. Debajo de los asientos delanteros, encuentran 9 pacas de un polvo blanco “presumiblemente cocaína”. La maleta sobre el asiento trasero, está repleta de dólares, euros y pesos dominicanos.
En el baúl, encuentran más pacas. Contadas son 22.
Durante el tiempo que duró esa inspección, no detuvieron ningún otro vehículo.
Todo el personal asignado al retén salió. El peje atrapado tenía comida. Entonces, conocieron al Comandante Coronel “tal cual, de la guardia”.
Llegó en silencio. Sin saludar a nadie. Ni a la mujer chofer, pero no quitaba la vista de la maleta. Abierta, pero dentro del carro.
El total de militares allí eran seis. Dos acompañaban al Comandante. El carro no tenía placa.
El “señor muy mayor”, que acompaña al chofer, hace señas al Comandante que desea hablarle y este le dice en alta voz, que nada tienen que hablar.
Este le dice que si desea hablar a solas o en presencia de los otros soldados. Y lo hace de una manera tan delicada y con un tono apacible, que el Coronel voció: “lo que me vaya a decir –no dejaba de ver de reojo la maleta- hágalo delante de todos para no dejar dudas”.
El Viejo –le llamo así desde ahora- solo dijo que le darían un millón de pesos para todos, porque el tiempo avanzaba y debían entregar esa mercancía antes del mediodía.
Hubo un silencio que se escuchaba hasta el movimiento de las hormigas.
El Comandante le hizo señas de seguirlo, al tiempo que llamaba a sus dos ayudantes. Entraron al cuartel. No sin antes El Viejo, echar mano de la maleta.
¿Qué hablaron? No lo sé. Mientras lo hacían, los dos ayudantes salieron y ordenaron entrar de nuevo lo que habían sacado del carro.
Todavía no eran las ocho dela mañana y todos estaban en carretera. La maleta iba más liviana.
Los guardias y el superior a la fecha están todos dados de baja del organismo castrense al que pertenecían, habiendo devuelto todo el dinero el mismo día. Algunos, están presos.
¿Quiénes eran aquellos que viajaban en el Sonata?
¡Qué Daría yo! Por saberlo…





