La neuropolítica y el neuromarketing, apoyándose en la inteligencia artificial, la tecnología y el algoritmo, han establecido cómo se construyen los candidatos, cómo ganar elecciones, condicionar y marcar la tendencia para obtener mejor resultado. Hasta aquí parece entendible, pero el algoritmo no fabrica líderes, ni estadista.
Un líder va más allá de tener seguidores, de una posición o de influenciar a un grupo o de triunfar en unas elecciones. A veces las circunstancias y la publicidad influyen, los recursos disponibles, los errores de los demás, el saber conectar con un tema y con las emociones de un electorado agotado y hambriento de soluciones, ayuda, pero no construye un líder.
Decía Arthur Schopenhauer: “El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros somos los que las jugamos”. Es decir, el líder debe desarrollar la intuición a corto y largo plazo para valorar los riesgos, prevenir y saber cuando tomar decisiones, ver lo que otros no ven; sencillamente, aprender a tomar decisiones “difíciles en el momento adecuado”.
Sabemos de la reflexión que dice: “Los líderes nacen o se hacen”. El carácter, la inteligencia, la empatía, los valores y el espíritu de servir y sacrificarse en alcanzar el bien colectivo y crear las oportunidades para los demás, lo van identificando como líder.
Un líder siempre debe tener credibilidad, inspira respeto, generar confianza y hacer lo correcto, para imponer la diferencia.
En circunstancias difíciles, ya sea por guerras, crisis económicas, inestabilidad política, por pandemia o impacto atmosféricos; los hombres y mujeres que trazan el camino, que toman decisiones difíciles en el momento adecuado, son los que terminan siendo lideres.
Al final, el líder no es juzgado por lo que dicen de él, sino por lo que él hizo que llevó el barco a puerto seguro, o el que inspiró confianza y esperanza en los momentos difíciles hasta alcanzar el bienestar, el desarrollo y el equilibrio.
Cada país, cada región o continente, históricamente produjo un líder creado por los mismos desafíos que, llevaron a una persona ha dirigir un grupo con un fin, una causa, un propósito y unos resultados; para lograrlo, el líder eligió una estrategia, una táctica, un método, un estilo; además asumió riesgos y vulnerabilidades, errores y correcciones, pero no abandonó el propósito, la meta, ni el espíritu de conquista.
Esas acciones y decisiones son las que marcan al líder, al estadista y a los que buscan la transcendencia.
Son los líderes que hacen la historia, los que provocan los cambios, rompiendo paradigma y logrando que ocurran cosas buenas para la humanidad.
El líder se indigna, se niega hacer lo que los demás hacen; su cerebro es flexible, se adapta a la circunstancia, pero nunca se acomoda, hace pausa, toma distancia, hace silencio, pero no detiene el curso ni el proceso para el que está destinado.
La transcendencia va más allá de la admiración; más allá que el miedo, el confort; más allá que la aceptación, que el éxito y la fama.
La transcendencia es perdurable, creíble, sostenible, ejemplarizadora. Marca una época, un momento o una circunstancia para quedarse como historia que, al final es narrativa, explicable, sueño, leyenda, identidad, cultura, costumbre, sello y orgullo para las presentes y futura generaciones, y eso solo lo logran los líderes, “las decisiones, no las condiciones, determinan quienes somos”, como dijo Víctor Frank.





