Ramiro Francisco
A Don Renato Ferrero en Neuquén-Argentina.
Un “ángel de Dios” visitaba la comunidad y llenaba de expectativa a todos sus moradores menos a Mingo El Cojo, que aunque creyente y asistente a la congregación, no se “prestaba a creer todo. Por tanto, los consagrados lo tenían como un impío más.
No obstante, crecía el número de personas que afirmaban haber visto al “ángel” cruzar los conucos y sembradíos cerca de la medianoche solo los miércoles.
Aunque una noche de domingo, se dejó ver por algunos vecinos de la barriada volando sobre el Salón de Billar, el Bar de La Vizca y el ventorrillo de Petán. El porqué de ese vuelo, nunca se conoció. El Billar también era de Petán y este era el marido de La Bizca.
Indudablemente era él. Su vestidura blanca y una especie de alas, solían distinguirse en medio de la oscuridad, solo iluminada por los escasos bombillos de algunas viviendas.
Mingo El Cojo, no creía, ni aceptaba nada, de lo que contaban sus vecinos. Incluso una hermana suya Minguita, le juró por la memoria de su abuela Petronila, haberlo visto esa noche del domingo.
Ahí fue que intervino Luca el zapatero, quien describió algunos movimientos raros y extraños de aquella aparición.
Les dijo a los hermanos, que el “ángel” a veces se detenía. Subía de manera vertical. Volvía a pararse, para luego salir disparado muy rápido y desaparecer tras los árboles donde vive el Alcalde pedáneo Anacleto.
Don Anacleto Buchepluma, que había sido guardia cuando Trujillo, no le gustaba hablar mucho, pero sí oía el murmullo, de que un ángel estaba llevando bendición a todos los lugareños y eso estaba bien.
La que “cayó en el gancho” fue Buba la consagrada, pues vaticinó que el ángel iba a realizar una demostración del poder, la noche del miércoles en la congregación y todo el mundo estaba ansioso porque llegara la fecha anunciada.
Mingo El Cojo, se entusiasmó por igual. Una verdadera noche de algarabía. Rezos, cantos, maracas, piano, tamboras, guira y muchos otros instrumentos acompañaban a los cantores.
Hacía calor y tres abanicos grandes colocados estratégicamente, soplaban desde las vigas con grandes aspas.
Aquello entró, y eso fue algo para recordar. La iluminación un tanto tenue, daba al lugar una sensación de alta espiritualidad y concentración.
La gente comenzó a cantar en alta voz, los golpes a la tambora eran más fuertes. El cura o pastor –no supieron decirme- daba unos pasitos en la plataforma como cuando los corredores calientan antes de la competencia. Algunos en silencio y realmente rezaban y oraban bien concentrados. Parecían monjes tibetanos.
En penumbras esa cosa volaba. Se detenía frente al altar. Subía rápido casi a tocar el zinc. Quienes seguían su curso envueltos casi en un éxtasis. Mingo El Cojo, contento. Por fin veía un ángel.
De pronto, hubo una especie de estruendo, como si algo hubiera chocado. Un pedazo de lienzo blanco colgaba de uno de los abanicos. Aunque giraba un poco más lento con aquello envuelto.
Pequeños pedazos de plástico o un liviano material de hierro caían sobre las cabezas, hombros y espaldas de algunos presentes, que empezaron a correr. Mingo El Cojo, también.
Alguien soltó que “eso es un demonio y nos va a llevar a todos». La corredera, el tumulto fue enorme.
El dron, había estrellado con sábana y todo, con uno de los abanicos.





