Durante mis conversaciones con Omar Messón hemos concluido que ciertamente Serrat es un poeta. No voy a poner en tela de juicio el otorgamiento del Nobel de Literatura a Bob Dylan, pero creo que el poeta catalán tiene los méritos suficientes como para que se le otorgue ese galardón.
La grandeza de Serrat –para mí, claro- estriba en que sus canciones lograron penetrar hasta el alma de un adolescente campesino que había crecido al son de los merengues típicos tradicionales, así como de los boleros de Leo Marini o de Roberto Yanés o de Lucho Gatica.
“Por un misterio que no busco comprender”, las primeras canciones de aquel “soñador de pelo largo” despertaron en mí sentimientos jamás imaginados.
Confieso que la vanidad me asaltaba cada vez que los locutores de aquella radio romántica se referían a él como “el cantante de la gente culta”. Vanidad, escribo, porque qué culto podía ser un campesino de catorce años en cuyo entorno lo que prevalecía eran las cuitas de amor y desamor de Rafaelito Encarnación, de José Manuel Calderón y de Mélida Rodríguez?
El hijo de Ángeles y de Josep me adentró en un mundo de palabras desconocidas:
mosto, badajo, genista, lagar, visillos, parca, rayuela, tomillo, siega, payo, brea, ralea, morboso, simiente, aya, puchero, cetro, vesánica, tálamo, esparto, funámbulo, crisantemo, regaliz …
Por él supe que los jazmines son sinónimos de dientes. Fue por su intermedio que supe de la obra de unos exquisitos poetas apellidados Hernández y Machado.
Por él tuve que leer la historia de amor de Penélope y Ulises, y por él la mayor de mis hijas se llama así. Fue “el gran poeta catalán” (así lo presentaba en La Voz de la Libertad 1240 khz A. M. el locutor Arturo Serrata) quien provocó que mis ojos se aguaran al escuchar Elegía a Ramón Sijé. Por su intermedio conocía Los Campos de Castilla.





