No sé de dónde habrá salido la admiración que siempre he sentido hacia los marineros. Lo cierto es que los hombres –y mujeres, debo añadir en estos tiempos de feminismo y de lenguaje inclusivo- de mar gozan de mi simpatía. Conforme crecía, ciertas lecturas me pusieron en contacto con los legendarios lobos de mar.
Mi primer encuentro con el ambiente marino fue la lectura de Un marinero en tierra, episodio narrado en uno de los libros de lectura de la primaria perteneciente a la Colección Sembrador. Determinantes fueron Salgari, Verne, Hemingway, Homero, Defoe … Más adelante supe de la Armada Invencible, de la Batalla de Lepanto y del Almirante Nelson y del porqué los marineros llevan sus insignias en solo uno de sus brazos.
Los textos de la materia de español también contribuyeron con mi admiración hacia el mundo marino, ya que incluían fragmentos de obras de autores españoles, uno de los cuales fue un extracto de Trafalgar, de Pérez Galdoz. Muchos años después, Jorge Amado me hizo sentir uno con Vasco Moscoso de Aragão, el diestro y sin par Capitán de Ultramar.
Los dos primeros marineros que vi en mi vida fueron Papito, el de Francisco y Mario, el de Matilde. Esto ocurrió en Las Espinas, lugar en el cual pasé los años más felices de mi existencia. Aquellos dos miembros de la entonces Marina de Guerra eran primos hermanos, pues Francisco y Matilde eran hermanos.
Me llamó poderosamente la atención la refulgente blancura del uniforme que llevaba Papito. Años más tarde, el turno le tocó a Mario. Esa vez, no solamente llamó mi atención lo impecable del atuendo sino la solapa que le caía sobre la espalda, las polainas de lona que le cubrían la parte baja de las piernas y el gorrito con las alitas hacia arriba. Ya para ese entonces había conocido a Popeye, con quien de inmediato relacioné el gorrito de Mario.
El pasado lunes veinticuatro de este mes de noviembre, mientras visitaba la ciudad de Puerto Plata en diligencias de salud, mientras caminaba por los alrededores del Parque Central –así lo sigo reconociendo- me topé de manos a boca con tres guardiamarinas.
¡Tenía años que no veía una ropa tan blanca, tan intensamente blanca! Pasaron junto a mí y no pude evitar girar la cabeza y contemplarlos unos instantes mientras se alejaban calle abajo rumbo a la Capitanía de Puerto. Mentalmente les deseé “buen viento y mucha agua bajo la quilla”.





