Estoy seguro de que a más de uno no le gustará lo que aquí garabateo y eso no me preocupa mucho. No hago otra cosa que ejercer mi derecho ciudadano a la libre expresión. Quien no esté de acuerdo conmigo, puede disentir y hasta contradecirme y prometo no ponerme bravo.
El ingeniero Alburquerque pertenece a un reducido núcleo de dominicanos con los cuales la naturaleza fue generosa a la hora de repartir agudeza y sabiduría. Verdadero hombre de ciencia, poseía un fino olfato para detectar el origen de los problemas ancestrales que han lastrado el desarrollo de nuestra nación
. No se limitaba a enunciar sino que planteaba las soluciones. Lo vi enfocar, con la propiedad que otorga la competencia, tópicos tan diversos como la meteorología y la geología. Cuando abordaba los asuntos atmosféricos, su expresión se convertía en un torrente impetuoso y cristalino.
Si la cosa era sobre geología, hacía gala de dominio pleno y nunca de petulancia. Apasionado de la energía en sentido general, se nos revelaba como una indiscutible autoridad. En materia de economía, era un visionario.
Políglota de a de veras, usaba las lenguas con propiedad. Pocos políticos han tenido –ni tienen- una perspectiva de nación moderna tan clara como la suya. Durante mucho tiempo seguí sus intervenciones radiales y televisivas y tras largas horas de observación, en un punto no estuve de acuerdo con él: en su profundo amor, primero por el PRD y luego, por el PRM.
Escrito lo anterior, debo intentar construir una aclaración. Reconozco, con una mezcla de orgullo y tristeza, que fue Juan Bosch el culpable de mi rechazo hacia el Partido Revolucionario Dominicano.
Por ello, nunca le perdoné a Alburquerque su devoción hacia ese partido político. A pesar de que la actual administración lo menospreció, se mantuvo firme, defendiendo a capa y espada a su nuevo PRD.
Comparándome con este excepcional dominicano, solo en una cosa me considero por encima suyo: que yo sí pude olvidar a ese gran amor de mi vida llamado Partido de la Liberación Dominicana.





