Una autora muy leída por la clase alta argentina entre los años 80 y 90, Silvina Bullrich, se quejó en cierta ocasión de que, pese a ser la que más libros vendía, nunca le dieron el premio nacional. Una revista le respondió con una humorada: “En Europa hacen lo mismo; porque a Corín Tellado, que vende millones de ejemplares, nadie le da un premio, en cambio a Vicente Aleixandre, que vende mucho menos, le dan un premio Nobel”.
Que la cantidad de ejemplares vendidos no tiene nada que ver con la calidad literaria es una vieja polémica que jamás ha de zanjarse, los que prefieren libros que traten los grandes problemas del hombre, de la sociedad, del tiempo histórico en el que fueron escritos, no se deslumbran por las modas ni por las ventas, los que buscan entretenimiento con historias conspiranoicas, míticas y plagiadas, preferirán siempre los fenómenos que la publicidad eleva a los altares, como Paulo Coelho, Dan Brown, Ken Follet y otros.
El problema es que la publicidad tiene la “virtud” de disfrazar de bueno lo que no siempre lo es, y en el tema de los libros, como vivimos una época en la que se publica mucho y las grandes editoriales necesitan vender no importa qué ni cómo, se forman cadenas que empiezan con los premios, se premia una obra, el periódico que es dueño de la editorial que otorga el premio publica una crítica elogiosa escrita por un periodista que es empleado de la misma empresa que distinguió a la obra ganadora y así todos contentos. Gana el distinguido, gana el crítico que hizo su trabajo y gana la editorial que decidió que esa es la mejor novela del año.
De los concursos nos ocuparemos en otra ocasión, porque ahí también hay mucha tela para cortar. Ocurre que en definitiva es el público lector el que decide cuándo una obra es buena y merece trascender, de ahí que, pese a los millones invertidos en publicidad y recuperados con creces en la venta y posteriores películas de las obras de Dan Brown, ya casi nadie las recuerda, porque no tienen nada que amerite pasar a la posteridad.
Los buenos libros son los que interrogan al hombre de una época determinada para ponerlo a conversar con los hombres de todas las épocas.
Fuente: El Caribe





