Luis Córdova
Especial para El Caribe
En la vieja escuela del ejercicio político, la prudencia no era una carencia de arrojo, sino una virtud estratégica. Los maestros del sistema solían despachar ambiciones con recomendaciones tan exactas como escuetas: entender los tiempos, responder con precisión al sistema y, sobre todo, saber qué hacer —y qué no hacer— en el momento preciso. Como bien advertía Baltasar Gracián en su Oráculo manual: “Es gran treta saberse dejar las cosas a tiempo”. Eran días cuando el silencio comunicaba más que el ruido, y cuando la madurez se medía por la capacidad de resistir la urgencia.
Sin embargo, el ecosistema actual ha alterado los sentidos. La política de hoy se debate en una extraña dimensión donde las oportunidades de la realidad virtual y la exaltación del like dictan la agenda. Hemos pasado del pensamiento sistémico a la tiranía del algoritmo, donde la trascendencia se confunde peligrosamente con lo que Zygmunt Bauman definía como la “modernidad líquida”: un estado de cambio constante donde los vínculos y las ideas no tienen tiempo de solidificarse.
El espejismo de la inmediatez produce una nueva realidad que pone a prueba la madurez de los líderes de todas las edades. El peligro de la “fama digital” es que actúa como un narcótico que obnubila el juicio. Muchos confunden el eco de las redes sociales con el respaldo de las urnas, olvidando la máxima de Maquiavelo: “El que no detecta los males cuando nacen, no es verdaderamente sabio”. Algunas traducciones en vez de sabio dicen prudente, en ambas aplican hoy, el mal que no se detecta es la vacuidad del aplauso digital.
Quien esté en política hoy, debe sortear la trampa del algoritmo. La viralización es, por definición, efímera. Lo que hoy es tendencia, mañana es residuo digital. La política no puede ser un trending topic de un solo día.
La madurez frente al ruido que seduce, confunde, traiciona. El líder que se deja arrastrar por la necesidad de “estar presente” en cada polémica termina por desgastar su figura en una hiperexposición que nunca se agota, y antes de llegar siquiera a la precampaña gasta capital y encanto.
El sistema no olvida. A pesar del espanglisch de unos asesores empeñados más en venderse que en labrar el camino de sus asesorados. El camino al poder no se pavimenta solo con tendencias del momento, sino con la solidez de quien entiende que el sistema político tiene sus propios ritmos, casi biológicos. La confusión reina cuando el aspirante prioriza la estética del post sobre la ética del discurso.
La madurez política consiste en comprender que el poder no se entrega al más ruidoso, sino a aquel que ha demostrado la templanza necesaria para manejar las crisis cuando las luces de la pantalla se apagan. Al final, la historia nos enseña que el camino presidencial sigue siendo un ejercicio de resistencia. Saber esperar es, quizás, la lección más difícil de aprender en una era que castiga la pausa, pero como decía Sun Tzu: “La victoria pertenece al que sabe esperar”.
En la alta política, llegar antes de tiempo suele ser tan fatal como llegar tarde. El éxito no está en los likes, sino en la capacidad de convertir la espera en una herramienta de construcción de poder real, no virtual.





