Winston Churchill decía que se necesita valentía para levantarse y hablar, pero aun más, para sentarse y escuchar. Detenerse para atender (y entender) lo que el otro tiene que decir, respetarlo, aunque no se comparta su criterio y darle la oportunidad de expresarse reconociendo su valor es lo que demuestra la capacidad del interlocutor de convertir un simple intercambio en una efectiva dinámica de diálogo.
Permanecer tranquilo y solo contemplar sin juzgar, mientras el otro se desahoga, constituye una demostración de sensatez, un buen uso de la paciencia y el ejercicio de la tolerancia necesarias para que se pueda llegar al entendimiento.
Desde que se anteponga la jerarquía a la credibilidad del quejoso o el prejuicio de considerar que cada disenso es un ataque personal, se va alejando el punto de encuentro del acuerdo y se levanta el muro de la incomprensión. Aunque el mensaje propio sea música del agrado de quien lo emite, si no llega al destino deseado, será como cántaras huecas sin ritmo ni audiencia y el discurso, pura poesía para quedar bien dando la apariencia de una apertura que nunca se concibió porque para reconocer los errores se requiere una humildad que no siempre se tiene.
No habrá advenimiento posible, mientras solo una de las partes tenga la intención de alcanzarlo, no hay tregua en el horizonte, si una de ellas continúa disparando desde su trinchera porque, así como para pelear se necesitan dos, igual para resolver las diferencias y enfrentamientos debe contarse con la voluntad de ambas. No hay arreglo unilateral por más empeño que quiera ponerse en la salida negociada, tampoco fin de una historia, en tanto uno de los protagonistas insista en seguir contándola a su manera para permanecer en las mismas.
Así como el amor no puede forzarse ni el sentimiento de simpatía o animadversión que se puede provocar en el otro, tampoco es posible controlar la decisión ajena de preferir no cambiar el camino pedregoso de los embates del enfrentamiento, por la brisa ligera del abrazo fraterno. Al final, cada cual sabrá el sendero que prefiera.
Referirse al diálogo cuando solo uno pone el empeño y el otro se resiste, es solo una declaración de intenciones y no una acción valedera en que se mantenga la esperanza de erradicar esa sordera recíproca en que cada cual da su parecer, pero ninguno está dispuesto a claudicar. La realidad de los hechos hace que pueda comprenderse más fácilmente los motivos que tuvo el Creador para, desde el barro, diseñarnos con dos oídos y solo una boca. El mensaje no podía ser más contundente, menos palabra y sonido, más entendimiento y voluntad.
Fuente: El Caribe





