QUO VADIS
Cada mañana, cuando llegaba a su oficina del Palacio Nacional, le informaban que el mismo individuo seguía atacándolo de forma aviesa, sin él tener la menor idea de porqué tanto odio.
El tipo se había convertido en un real enemigo, constantemente emitía opiniones sobre el mandatario como mucha saña, cuestionando hasta las cosas más inverosímiles, sin ningún sentido, solamente para tratar de importunar al jefe del Estado.
Balaguer sólo decía que: “solamente le había prodigado muchos favores al individuo, incluso otorgándole honores inmerecidos”, a los que nunca en su vida hubiese tenido acceso, si no fuera por la magnanimidad del gobernante.
Un día se enteró de que a esa persona le había dado un infarto cerebro vascular. Cuando el presidente le pregunta a uno de los más prestigiosos neurocirujanos del país por el estado del personaje, este le contestó: “es que en la vida no se puede acumular tanto odio. Esto le causó una situación de inestabilidad psíquica y le ha provocado esta dolencia”
No obstante, todas la diatribas y malignidad calculada para detractar al líder reformista, este tuvo mucha pena por el individuo y mandó a que le ayudaran en todo lo que fuera posible para poder solventar la cantidad tan alta de recursos que necesitaba para poder mantenerse vivo.
Una tarde entró un secretario de Estado, y le preguntó al presidente Balaguer: ¿ por qué estaba dándole toda esa ayuda a una persona que era su enemiga y de forma gratuita se había empecinado en ofenderlo y tratar de hacerle daño por diferentes vías?.
La respuesta del jefe de Estado me sorprendió: ٌ”Tranquilo es un ser humano que da pena y vergüenza, parece que ha desarrollado una enfermedad mental. En la medida en que quiere dañar a otro, se infringe a sí mismo un perjuicio mayor. Ya todos lo conocen y lo van colocando en su justo lugar. Es un infeliz”.
Cada vez que tenía una mejoría psíquica, volvía a atacar al presidente Balaguer, de manera desconsiderada. Hasta que un familiar le explicó cómo estaban solventando los gastos médicos, diciéndole que de manera silenciosa el jefe del Estado era quien cubría toda esa medicina.
Apenas a un mes de enterarse de esa benevolencia de la persona con la que él había sido tan ruin y mezquino, se murió.
Cuando Balaguer se enteró, muy apenado, solo dijo este es el 42. Pero nadie entendía que significaba eso. Hasta que el joven de protocolo le preguntó: “cuando fulano de tal se murió usted dijo que era el 42. Qué quiso decir con eso?.
Contestó, tal y como lo planteó en su obra Memorias de un cortesano de la Era de Trujillo, recurriendo al proverbio oriental del chino Sun Tzu, de que solo había que sentarse con paciencia y calma “a esperar ver pasar el cadáver de sus enemigos”. Ese era el 42, La vida se había encargado de darle esa satisfacción.
Nunca olvidaba de los favores, ni las afrentas.
Fuente: Listín Diario





