Hay muchas definiciones de la palabra escritor, cantidad que obedece a cómo se autodefine cada persona que ejerce este oficio, que se diferencia de un trabajo común en que no suele ser un medio de vida, salvo muy contadas excepciones.
El novelista Esteban Tiburcio Gómez escribió alguna vez que, para la mayoría de los escritores en este país, publicar un libro es una hazaña, porque quien escribe “con frecuencia termina enfrentando un abismo de dificultades económicas, estructurales y culturales que lo empujan, poco a poco, hacia el silencio”.
Escribir es una vocación que se manifiesta en el deseo de inventar historias y publicarlas, si se cuenta con los medios para hacerlo, pero que no se agota en la puesta en circulación, sino que continúa después, con las gestiones para que el libro llegue a los estantes, donde seguramente dormirá el sueño de los justos y terminará mudándose al territorio del olvido, a ese silencio del que habla Esteban Tiburcio Gómez.
Esto es así porque vivimos en un mundo que no lee y que si lo hace prefiere las ofertas de grandes editoriales, que invierten sumas millonarias en publicidad y cuentan con un aparato de redactores, editores y periodistas que llenarán las páginas de diarios, revistas y portales con reseñas y recomendaciones del último “best seller”.
Sin embargo, el fabulador impenitente que habita en cada autor volverá una y otra vez sobre sus pasos, con la insistencia de un quijote que se estrella interminablemente contra los molinos de viento y seguirá escribiendo, porque la vocación de escribir no se agota en publicar, sino que pervive en el deseo de contar historias.
Una novela tiene varias etapas, la primera es una especie de luna de miel que comienza cuando los personajes empiezan a tomar forma en la mente, cuando se les inventa una aventura que tendrán que vivir, después viene el proceso de escritura, que suele ser arduo, a veces esos fantasmas tocan la puerta de madrugada y hay que levantarse a indicarles caminos, ponerlos a andar…
Después hay que corregir y editar, juntar, penosamente casi siempre, los chelitos que se llevará la imprenta y ese proceso ha de vivirse una y otra vez porque los escritores, a diferencia de los artistas, no persiguen la fama y el dinero, sino simplemente que sus obras sean leídas y, si al final de ese camino aparecen el dinero y la fama, ya no tienen la más mínima importancia.
Fuente: Hoy





