Reflexión
Nada que tenga verdadero valor se construye de un día para otro. Todo aquello que produce buenos frutos —un matrimonio estable, una familia unida, hijos responsables, un trabajo fructífero— es el resultado de un proceso en el que debemos invertir tiempo, esfuerzo y dedicación.
Dios pone semillas en nuestras manos, pero también nos hace responsables de lo que hacemos con ellas. Él nos permite recibirlas, pero nosotros debemos cultivarlas y cuidarlas hasta que lleguen a convertirse en aquello para lo cual fueron destinadas.
Una semilla necesita cuidado constante. Si la abandonamos, se pierde; pero si la protegemos, la cuidamos y la cultivamos, llegará el momento en que dará mucho fruto. Por eso, no podemos descuidar aquello que Dios ha depositado en nuestras manos y nos ha confiado.
No abandones lo que Dios puso en tus manos. Lo que hoy estás sembrando con lágrimas, esfuerzo y perseverancia mañana se convertirá en una cosecha que alcanzará y bendecirá a muchas generaciones.





