Si “los límites de mi lenguaje determinan los límites de mi mundo” (Wittgenstein) entonces, las formas en que el lenguaje se expresa, reflejan el modo de ser de la sociedad. Las letras de “Colegiala”, “Mi muchachita”, “Muchachita mía”, “Quinceañera”, “La mala maña”, etc., reflejan una realidad normalizada por décadas y siglos.
Afortunadamente, la ciencia ha demostrado lo que la ley ha codificado como delito, y, a pesar de que aún las estadísticas nos golpean la cara cada día, las relaciones sexuales con menores de edad no sólo son ilegales, sino que cada vez más, la sociedad las percibe como un desafío… y también como una falta.
El problema sigue siendo el marco mental que condiciona la actuación, no sólo de los que cometen los delitos, sino también de quienes están llamados a impedirlos (Policía), perseguirlos (Ministerio Público) o juzgarlos (Judicatura). Para muestra, en 2025, 825 menores de 15 años resultaron embarazadas. Según ONE, 1 de cada 5 mujeres se convierten en madres antes de alcanzar la mayoría de edad. Ante esta realidad, cabe preguntar, ¿Dónde están los sometidos y juzgados por el Ministerio Público?
En nuestros hospitales se llevan con rigor las estadísticas de los partos de menores, ¿y los violadores que las embarazaron?, ¿ya fueron apresados? Esa laxitud institucional es la que refuerza el comportamiento de los adultos frente a la las menores de edad, donde estas quedan re victimizadas al ser etiquetadas como culpables de su propia violación… porque la menor de edad es la responsable, no el mayor de edad que las embaraza (y si es pelotero, mucho menos).
Leer sobre las dos menores (13 y 16 años) que fueron presuntamente atacadas en Navarrete (sí, porque hasta cuando la verdad es reconocida por el propio agresor, la corrección política obliga a santiguarlo todo con el “presuntamente”) por un adulto de 29 años, quien reconoció haber agredido a ambas con un cuchillo, luego de haber sostenido relaciones con ambas, da escalofríos.
Y es que el nivel de normalización de las agresiones sexuales que a diario reciben nuestras niñas, es una verdadera tragedia (recordemos que un individuo de sexo femenino, de 11, 12 o 14 años sigue siendo una niña, sin importar cómo se vista o qué diga el dembow que esté pegado).
Cambiar esa realidad tomará tiempo –mucho– y requiere una campaña educativa permanente a todos los niveles; trabajar con las familias y redefinir los paradigmas dominantes con los cuales se criaron los padres, abuelos, hermanos y todo el entorno de las menores abusadas, quienes a su vez normalizan esas agresiones, porque era lo “normal”. En esta lucha, el Ministerio Público no puede estar solo, ni el Servicio Nacional de Salud, médicos actuantes o la Policía Nacional.
La epidemia de abuso hacia nuestras niñas debe de parar, y, más que quejarnos y señalar casos (año tras año), toca que el gobierno lidere una respuesta estatal, y que lo haga ya.
Fuente: Listín Diario



