A lo largo de nuestras vidas, vivimos con el temor de que llegue la hora de nuestra partida inevitable: la muerte.
Cuando ejercemos la medicina, una de nuestras funciones principales es preservar la vida. Para ello, contamos con numerosos recursos, como fármacos, protocolos, medidas preventivas y otros procedimientos que aplicamos cada día en nuestro ejercicio profesional. Lo hacemos como parte de nuestro compromiso con la medicina y de los principios que asumimos al finalizar la carrera, inspirados en el juramento hipocrático.
Un día normal para un médico consiste, entre otras cosas, en luchar contra la muerte, fomentar la salud y, en algunos casos, hacer malabares para mantener con vida a un niño. Aquí quiero detenerme para aclarar algo.
Una cosa es morir por causas naturales y otra muy distinta como consecuencia de la negligencia estatal, por no invertir en lo más preciado, y que además es un derecho que tenemos los seres humanos, nuestra salud.
Según las estimaciones de las Naciones Unidas recogidas en “World Population Prospects 2024”, en 2023 se produjeron aproximadamente 132,1 millones de nacimientos y 61,7 millones de muertes en todo el mundo. Es decir, nacieron alrededor de 70,4 millones de personas más de las que murieron durante ese año.
Estos datos nos permiten observar cómo, año tras año, la vida continúa su ciclo, con millones de personas que llegan al mundo y millones que lo abandonan.
Es un dato importante, aunque la natalidad haya disminuido por múltiples causas, como el deseo de tener familias más pequeñas y los cambios en los modelos familiares, entre otras. También podrían evitarse muchas muertes mediante el compromiso de los Estados y la inversión en salud pública.
Cuando llegamos a cierta edad, comenzamos a plantearnos la vida de otra manera y, como no, pensamos en el día en que nos toque partir.
Creo que en la cultura occidental tendemos a ver la muerte como un fracaso clínico. En realidad esta es solo una reflexión, una teoría que quiero explorar. Ya que he vivido momentos de fallecimiento de seres queridos y sé que duele, y mucho. Pero quiero pensar, que socialmente al aceptar lo más seguro que tenemos en la vida, reduciendo esa resistencia, quizás el sufrimiento podría ser más llevadero.
No digo que no debamos llorar a nuestros muertos ni que tengamos que dejar de sentir dolor por su ausencia. El duelo es real y cada persona lo vive de una manera distinta. Sin embargo, he presenciado muchos lechos de muerte y una de las frases que más he escuchado es; «Ya no aguanto más, necesito irme» ya que también estar en ese proceso de morir, duele.
¿Adónde se van? No lo sé. Ya lo sabré cuando en mi fila, esa lista avance y toque mi turno.
Resistirnos a lo inevitable puede intensificar nuestro sufrimiento. Si la muerte es una de las certezas de la existencia, ¿por qué no intentar comprenderla y aceptarla para afrontar ese momento con la mayor serenidad y dignidad posibles?
Quizá la solución no consista en evitar la muerte, sino en aprender a aceptar que forma parte de la vida. No para dejar de vivir, de luchar o de amar, sino para afrontar nuestro destino con dignidad, como todos merecemos, tener al final de nuestros días, una muerte digna
Fuente: Listín Diario



