Influencers
El empresariado, al irrumpir en la actividad proselitista mediante el financiamiento de partidos, consolidó el clientelismo y la corrupción administrativa.
Las constituciones, en su universalidad, reconocen el derecho fundamental de elegir y ser elegido. No exigen títulos académicos ni trayectorias técnicas; basta la mayoría de edad y la nacionalidad. En nuestro país, el Artículo 123 de la Constitución establece requisitos mínimos para optar por la jefatura del Estado. Esa apertura, que en principio democratiza la participación, se ha transformado en puerta de entrada para la improvisación y la mediocracia.
La pérdida de calidad de la política tiene raíces históricas. La caída del Muro de Berlín simbolizó el derrumbe de las ideologías. Francis Fukuyama, en El fin de la historia, advirtió que el declive ideológico conduciría a una política instrumental, vacía de ideas, dominada por la corrupción. Hoy, esa profecía se cumple: la política se ha convertido en un escenario de intereses particulares, divorciado de la sociedad y carente de visión de futuro.
El empresariado, al irrumpir en la actividad proselitista mediante el financiamiento de partidos, consolidó el clientelismo y la corrupción administrativa. Por un proceso de desmonte de las ideologiá, la política dejó de ser espacio de construcción nacional para convertirse en plataforma de negocios. No sorprende que los partidos recluten figuras de reality shows, artistas o influencers cuya popularidad es pasajera, pero suficiente para captar votos. La política se ha reducido a espectáculo, y el poder lo ejercen como mercancía.
El fenómeno del cualquierismo se alimenta de esta lógica. Influencers y celebridades, con liderazgo limitado a sectores de bajo nivel económico y cultural, se presentan como candidatos nacionales. El cualquierismo es hijo de estos tiempos, sin brújula. Se alimenta de la moda, del aplauso fácil, de la fugacidad de las redes sociales. En México se decía: “Cualquier burro aspira a ser presidente”. Hoy, esa sentencia resuena en nuestras plazas y cabildos. La política se ha divorciado de la sociedad, y en su lugar se erige un teatro de improvisados que confunden notoriedad con liderazgo. Hoy, esa sentencia se repite en nuestro contexto: el vacío ideológico permite que cualquiera, sin formación ni proyecto, se postule como líder de la nación.
La política sin contenido produce incertidumbre. A diferencia de la política basada en ideas, que ofrece previsibilidad y rumbo, el cualquierismo es impredecible, oportunista y volátil. Robert Michels, al formular la “Ley de Hierro de la oligarquía”, advirtió que la concentración del poder destruye la interrelación entre política y ciudadanía. El cualquierismo es la expresión contemporánea de esa ley: un sistema que premia la improvisación y castiga la excelencia.
El cualquierismo no es inocuo: es la antesala del colapso institucional. Una nación que entrega su destino a líderes improvisados renuncia a la brújula de la ideología y se expone al naufragio democrático. La República no puede sobrevivir de popularidades efímeras ni de clímax vacíos de poder. O recuperamos la virtud ciudadana y exigimos proyectos ideológicos sólidos, o nos resignamos a vivir en un Estado que confunde el espectáculo con la grandeza.
Una nación que entrega su destino a improvisados se condena a repetir la historia de los pueblos que confundieron espectáculo con gobierno. La patria no se construye con “cualquiera”. Se construye con ciudadanos conscientes, con ideas firmes, con proyectos que trasciendan la moda política del momento. Si no recuperamos la virtud de la ideología, si no exigimos líderes con visión y compromiso, el país quedará atrapado en un carnaval perpetuo, donde la presidencia será apenas un disfraz más en la pasarela del poder.
Que no nos gobierne el cualquierismo. Que nos gobierne la conciencia.
Fuente: Hoy



