Ramiro Francisco
A mi yerno Federico Ferrero Faure ( El Fefo) en Neuquén, Argentina.
Sucedió en Betania, cerca de Jerusalén, de acuerdo a Juan, que cuenta la poderosa historia de Lázaro.
Cuatro días habían pasado de su muerte. Ya lo habían enterrado. Era amigo de Jesús, quien no se encontraba en la ciudad.
Luego de cuatro días –no olvidar el tiempo- el Maestro se presenta y acude al cementerio. Una gran cantidad de comunitarios y discípulos le acompañan. Un enorme silencio mientras se acercaban a la tumba de Lázaro. Al llegar frente a ella, ordena quitar, poner a un lado, la piedra que hacía las veces de puerta.
Cuatro días de muerto. Se escucha una voz fuerte que ordena al fallecido salir. Este lo hace, aun con su vendaje al que Jesús ordena quitarle.
Aquel silencio se convierte en algarabía, gran expectativa, donde los presentes querían ser testigo y quien sabe, si hasta tocar al ex difunto.
Lázaro, va con su familia y vecinos, ¡y quién sabe por cuántos años más permaneció en esta dimensión de vida!
Notamos, sin embargo, que nadie de los presentes (escribas, fariseos, publicanos, sacerdotes, soldados) ni en ese instante, ni tiempo después, le preguntara –no quedó escrito- cómo es el escenario después de la muerte. Qué vio o escuchó.
Cuatro días fuera de esta etapa, ciclo, nivel, dimensión de existencia, vida…llámele como desee, y, ¿Nadie le preguntaría? ¿Nadie se interesó?
Se llevó ese misterioso secreto. Dejamos por sentado, que entonces, no tenían los grandes medios de comunicación de hoy, tampoco investigadores de esa rama digamos como Fernando del Oso, Salvador Freixedo, Jacobo Grimberg, J.J. Benitez, Erick Von Daninken, y otros tantos.
Además, ¿Cómo saberlo? Si el mismo Creador, con su inmensa Sabiduría dictaminara, que la Humanidad, no se encontraba preparada para recibir entonces, esos Conocimientos.
Un niño, no recibe lecciones de Algebra o Trigonometría, apenas comienza a escribir las vocales.
Mi consuegro argentino Renato Ferrero, una persona súper educada, amante de la lectura –creyente no fanático- cuando teníamos oportunidad de tratar temas no tan comunes, solía decirme muy tranquilo: al mismo San Pablo, que tuvo una experiencia fantástica fuera de esta dimensión, se le prohibió hablar de ella con detalles. Ambos, nos mirábamos en silencio.
Los entendidos…entenderán.





