Por FRANCISCO ORTEGA
Cuando la fama desplaza el criterio y la popularidad pretende sustituir la capacidad
Hay momentos en que callar también ayuda a construir aquello que después terminamos lamentando.
Me apena —y más que apenarme, me preocupa— ver cómo aparecen tontos útiles promoviendo a los llamados influencers hasta convertirlos en potenciales candidatos políticos, como si acumular seguidores, reproducciones y “likes” otorgara automáticamente capacidad para dirigir una sociedad.
Estamos llegando a un punto peligroso: confundimos notoriedad con liderazgo, ruido con pensamiento y popularidad con preparación. Una cosa es entretener, provocar o llamar la atención en las redes sociales, y otra muy distinta poseer las condiciones intelectuales, humanas y políticas necesarias para representar ciudadanos y administrar instituciones públicas.
Y no hablo necesariamente de títulos universitarios. La historia está llena de hombres y mujeres extraordinarios cuya sabiduría no dependió de un diploma. Hablo de criterio, discernimiento, capacidad de análisis, cultura general, conocimiento de la realidad y disposición para aprender. Gobernar un país exige mucho más que colocarse frente a una cámara y conseguir que miles de personas compartan un video.
Pero hay algo que me preocupa todavía más: el lenguaje cotidiano de algunos de estos personajes.
El verdadero retrato aparece cuando alguien los contradice. Entonces afloran el insulto, la vulgaridad, la descalificación personal, la amenaza y hasta la violencia verbal. Cuando se les cuestiona, muchas veces no debaten: atacan. Y cuando escasean las ideas, pareciera que elevar la voz, humillar o intimidar puede sustituir al razonamiento.
Ahí debemos detenernos.
La manera en que una persona trata a quien piensa diferente dice mucho más de su capacidad para ejercer el poder que la forma en que trata a quienes la aplauden.
¿Cómo puede aspirar a representar una sociedad plural quien no soporta ser contradicho? ¿Cómo hablar de democracia cuando se considera enemigo a cualquiera que piense diferente? ¿Qué podemos esperar mañana de alguien investido de autoridad si hoy, sin tenerla, responde con violencia ante una simple crítica?
El poder no necesariamente corrige esas conductas. Muchas veces las multiplica.
Y voy más lejos. Algunos parecen incapaces de trascender intelectualmente los límites de su propio entorno. No hablo de procedencia social. De los hogares más humildes han surgido seres humanos extraordinarios.
Trascender el entorno significa leer, escuchar, aprender, conocer otras realidades, aceptar que podemos estar equivocados y conversar con quien piensa diferente. Significa comprender que el mundo es muchísimo más grande que el pequeño círculo que nos celebra y nos aplaude.
La democracia permite que cualquier ciudadano aspire, y así debe ser. Pero el derecho a aspirar no convierte automáticamente a nadie en una persona preparada para gobernar.
Gobernar requiere conocimiento, prudencia, autocontrol, respeto institucional, pensamiento crítico y tolerancia frente al adversario. Quien llega al poder no gobierna únicamente para quienes lo siguen y lo admiran; gobierna también para quienes lo cuestionan.
Pero también debemos mirarnos como sociedad.
Cuando convertimos en referente al que más grita, premiamos la vulgaridad porque entretiene y confundimos agresividad con carácter, participamos en la construcción del problema que mañana posiblemente criticaremos.
Un millón de seguidores puede fabricar una celebridad.
No necesariamente fabrica un estadista.
El peligro está en que terminemos escogiendo gobernantes utilizando los mismos criterios con los que decidimos a quién seguir en una red social.
Una responsabilidad que no podemos ignorar
Desde mi modesta condición de alguien que sencillamente observa, piensa y escribe sobre la sociedad que le ha tocado vivir, siento también la obligación de levantar la voz.
No pretendo decidir quién puede o no aspirar a una posición pública. Sí defiendo el derecho —y el deber— de cuestionar cuando la popularidad pretende presentarse como capacidad y el espectáculo intenta disfrazarse de liderazgo.
Y aquí los comunicadores profesionales, periodistas, analistas y quienes tienen acceso cotidiano a micrófonos, cámaras y grandes audiencias tienen una responsabilidad enorme.
Dar exposición también construye figuras, legitima comportamientos y puede terminar convirtiendo personajes en opciones políticas. No todo lo que genera audiencia merece ser elevado a referente social.
Cuando normalizamos la vulgaridad, celebramos la ignorancia como autenticidad y presentamos la violencia verbal como valentía, estamos abonando un terreno peligroso.
No se trata de censurar a nadie. Se trata de comprender que el derecho de cualquiera a hablar no obliga a los demás a convertirlo en referente.
Desde estas líneas solo puedo aportar mi palabra: observar, cuestionar y escribir.
Que mañana nadie diga que no hubo señales.
Hay momentos en que callar también ayuda a construir aquello que después terminamos lamentando.
Hagámoslo por nosotros, por nuestra democracia y, sobre todo, por las generaciones venideras. Que quienes lleguen después encuentren una sociedad donde el criterio tenga más valor que la fama; las ideas, más fuerza que los “likes”; y la capacidad, más peso que la popularidad.
Fuente. Al Momento





