En una democracia, las críticas a los Gobiernos son necesarias y legítimas, y hasta pueden ser una tarea patriótica, pero esa responsabilidad no debe confundirse con una campaña permanente de descrédito contra nosotros mismos como nación, porque, por encima de todo, está primero el país.
En los últimos tiempos parece crecer una tendencia en algunos espacios de comunicación como de competir por presentar la noticia más sombría, el problema más grave o la interpretación más pesimista de la realidad nacional. No necesariamente por mala intención, sino porque la audiencia demanda contenidos que provoquen reacción.
El problema aparece cuando, en esa dinámica, se termina proyectando la imagen de un país donde nada funciona, todo está mal y cada dificultad se convierte en una prueba del fracaso del Estado.
República Dominicana ciertamente tiene problemas y desafíos serios, acumulados durante años, como todo país en vía de desarrollo. Negarlos sería irresponsable. Pero también lo sería ignorar avances, minimizar soluciones o presentar cada crisis como la fotografía completa de la nación. Una cosa es informar sobre una crisis y otra convertir la crisis en el único relato.
Porque existe un riesgo que trasciende al Gobierno de turno. Cuando se repite constantemente que las instituciones no sirven, que todos los políticos son iguales, que nada cambia y que el país marcha inevitablemente hacia el desastre, el mensaje puede terminar erosionando la confianza en la democracia misma. Y ahí está el verdadero peligro.
La democracia necesita ciudadanos críticos, pero también ciudadanos que conserven la convicción de que los problemas pueden enfrentarse dentro de la institucionalidad y que los cambios pueden producirse mediante elecciones, leyes y mecanismos democráticos.
La crítica responsable fortalece. La satanización permanente puede debilitar.
Por eso quienes tienen micrófonos con grandes audiencias cargan también con una responsabilidad. La libertad de expresión no está en discusión. Tampoco el derecho a cuestionar al Gobierno. Lo que merece reflexión es cómo equilibrar el impacto de una noticia con el contexto que permite comprenderla.
Un país puede tener problemas sin ser un desastre. Un Gobierno puede equivocarse sin que el Estado haya colapsado. Y una democracia puede ser imperfecta sin estar condenada al fracaso.
Quizás necesitamos recuperar algo tan sencillo como el sentido de proporción. Informar no significa maquillar la realidad, pero tampoco oscurecerla. Defender la democracia también implica contar el país real: con sus dificultades, sus errores, sus avances y, sobre todo, con la posibilidad de seguir construyéndolo.
Fuente: El Nacional





