Por Héctor Gaud
El pueblo pertenece al entorno costero de la isla y, aún más, donde por primera vez se conoció de la llegada de ciudadanos europeos que habían arriesgado sus vidas en las inmensidades de los mares oceánicos, con la finalidad de explorar el encuentro de riquezas para la real nobleza de Castilla y León. No es coincidencia, por eso Isabel, es el nombre de la montaña que bordea parte de la ciudad, en honor a esa reina que financió el viaje del intrépido genovés Christophorus Columbus, obviamente escrito en latín.
Parecía que la xenofobia era un sentimiento reservado para los seres humanos que tienen el color de su piel con la categoría de piel blanca o white como lo denomina la lengua anglosajona, pero, eso no es cierto, la calificación xenófoba aplica para todas las etnias que tienen la oportunidad de compartir sus pisadas en el suelo terráqueo.
Como era obvio, el pueblo era y sigue siendo una mezcla de colores de piel humana que jamás se asemejarán a la descomposición de las tonalidades de los colores del arcoíris, porque eso solo ocurre con la presencia de la luz del sol durante el día. Lo ocurrido en el núcleo pueblerino era un debate incesante entre los colores de la piel negra y la que le llaman blanca. Donde infortunadamente, el Pantone que caracteriza las combinaciones de colores, pasa del negro al blanco sin crear espacio para la inmensa cantidad de tonalidades que tiene el color gris. Porque esa combinación del Pantone de piel humana caribeña solo permite las tonalidades de negro, negro lavadito, indio oscuro, indio claro, morenito o morenita suave, mulato, blanco y blanco pecoso, clasificación proveniente de la sabiduría del pueblo.
En una de las familias que se desarrollaron en el enclave ubicado entre océano y montaña, se procreó una descendencia de hijos de ambos sexos. Donde, por vía de consecuencia, como el padre tenía el color de piel equivalente al negro lavadito, mientras que la madre era de piel blanca, entonces, el color de la piel de los hijos clasificaba en el Pantone indio claro o indio lavadito.
Voluntaria o involuntariamente, durante la adolescencia, al momento de establecer una preferencia para establecer los amoríos de esa edad, por parte del sexo que identificaba a los machos, varones, masculinos, pareció que se registraba una inclinación para sentirse atraído por las niñas de piel blanca. Pero, obviamente, al momento de establecer un engagement (un compromiso), si se daba la química, lo del color de la piel se convertiría en una condición humana invisible, porque entonces, era el corazón y los sentimientos que asumían las riendas del proceso y, lo demás era irrelevante.
Por acciones del azar, un día se dio un empate sentimental con una de las niñas de aquella referida familia. Ella era muy amiga de aquella estrella del voleibol nacida y criada en el barrio, quien llevó el nombre de Talita. La colindancia entre las viviendas ubicadas en la barriada, a penas eran separadas por simples empalizadas con arbustos, alambre de púa o zinc. Muchas veces hasta se comunicaban por un camino común que permitía el cruce de una calle a otra, sin tener que dar la vuelta por el bloque de casas o manzana, como le llamamos.
Esa ubicación estratégica de la común amiga voleibolista permitió el intercambio de algunos flirteos visuales con su morenita amiga. Ocurrió que, en unos de esos intercambios de luces, el adolescente elegido por Cupido fue sorprendido por su madre. Evento que de manera inmediata provocó que el atrapado in fraganti fuera tomado enérgicamente por esa región ubicada entre el brazo y antebrazo, famosamente conocida como el codo.
Conducido el acusado a la sección del comedor de la casa, tomado por ambos extremos de la cintura de su cuerpo, con ambas manos de la madre fue levantado hasta las proximidades del techo de la casa y sentado repetidamente en el mismo medio de una de las sillas del comedor. La madre, con posición encorvada, mirada fija sobre los brotados ojos de aquella temerosa figura juvenil, el dedo índice de aquella derecha mano que pendularmente ejercía afanosamente la advertencia de aquella inolvidable expresión: “negra en mi casa, no”.
Visto lo visto y, en aquella humillante posición, el único recurso de aquella especie humana sorprendida cuando el Dios Eros le invadía fue la de apelar al color moreno de la piel de aquella madre y su ascendencia que la procreó y, que reclamaba y reivindicaba multiplicar el color de la piel de su inmigrante esposo. Entonces, con aparente razón para combatir la arenga recibida y aquella advertencia con carácter de juicio eterno, el acusado jovenzuelo, con mirada inclinada hacia el piso de aquel reducido espacio hogareño que adquiría dimensión extra planetaria, a medida que pasaban los segundos, refirió a la enojada madre su invalidez para aquel injusto reclamo, indicándole a su madre, ¿pero, con qué calidad reclamas, si también eres morena? La respuesta de la madre solo tardó micro milésimas de segundos para escuchar aquella asombrosa y temible respuesta: “negra, en mi casa, solamente yo”.





