Por Ann Santiago
En un país donde los libros no se venden pero los escándalos se viralizan, hemos confundido la fama con el valor. Las nuevas generaciones dominicanas, hambrientas de atención y desconectadas del pensamiento crítico, están elevando al pedestal a quienes no tienen nada que ofrecer… más que un teléfono con internet y la necesidad enfermiza de likes.
Vivimos en la era de los “influencers de humo”: personas cuya única virtud es exhibirse. No cantan, no escriben, no crean. No hay talento, no hay arte, no hay propósito. Solo hay piel, polémica, ridiculez, y una desesperación por mantenerse “pegados” a costa de lo que sea.
¿El problema? Que nuestros jóvenes los ven, los siguen, los imitan. Y ahí es donde empieza la verdadera tragedia.
Estamos criando generaciones que creen que el éxito se mide en seguidores y no en principios. Que prefieren hacerse virales por un disparate que estudiar una carrera. Que sienten que “están atrás” si no están expuestos, aunque no tengan nada que decir. Generaciones que no quieren construir un futuro, sino que los aplaudan mientras bailan en las ruinas del presente.
Y no, esto no es solo culpa de los que se exhiben. Es también culpa de quienes los consumen como si fueran referentes. De los medios que los validan. De una sociedad que premia el escándalo, y hace memes del conocimiento. De un sistema educativo que se quedó en los años 90 mientras TikTok hace pedagogía basura en 15 segundos.
Este no es un ataque. Es un grito.
Un llamado a despertar.
Porque si seguimos idolatrando a quien no ha hecho nada, pronto no quedará nadie que quiera hacer algo.
Porque si seguimos dando fama a la estupidez, los inteligentes se van a cansar de hablarle a una pared.
Y porque si seguimos permitiendo que cualquiera con un teléfono se convierta en figura pública, terminaremos siendo un país gobernado por la ignorancia con filtro.
No necesitamos más “figuras”. Necesitamos líderes.
No queremos más influencers. Queremos referentes.
Y no es elitismo decir que alguien no merece ser ejemplo. Es sentido común.
Ya basta de ponerle alas a las cucarachas y llamarlas mariposas.
Fuente: El Pregonero





