La tragedia que estremeció a Santiago de los Caballeros, donde un estudiante de 15 años mató a su compañero de solo 14 al salir del Politécnico Simón Antonio Luciano Castillo, no es un hecho aislado que pueda archivarse en la memoria de la prensa. Es un símbolo doloroso del desorden emocional, comunitario y familiar que define este siglo. La víctima, Noelvin Jeremías Cabrera Rubiera, murió frente a un país que ya está cansado de llorar niños, pero que todavía teme mirarse al espejo con sinceridad.
Las versiones hablan de discusiones previas, amenazas y de la presencia de grupos juveniles que rodeaban la escuela como si la adolescencia fuera un territorio en disputa. Esas señales estaban ahí. Siempre están. Lo que falta, casi siempre, es quien quiera verlas. Y mientras miramos hacia otro lado, la violencia juvenil va tomando cuerpo. Hoy en los Centros de Atención Integral para Adolescentes en Conflicto con la Ley Penal hay 511 menores infractores recluidos. De ellos, 174 se encuentran bajo detención preventiva. Las infracciones más comunes hablan por sí mismas y revelan la dimensión del problema. Robo agravado. Homicidio. Microtráfico. Golpes y heridas. La radiografía completa de un país donde demasiados adolescentes caminan sin guía, sin límites y sin un referente que los sostenga antes de que crucen la línea del delito.
Cuando un adolescente se convierte en agresor o en víctima, no estamos ante un simple conflicto juvenil. Estamos frente a una alarma nacional que denuncia un fracaso colectivo. La escuela no puede cargar sola con lo que la familia descuida. La calle no puede corregir lo que los adultos permiten. Las autoridades no pueden prevenir lo que los padres deciden ignorar hasta que estalla en sangre. Y la sociedad no puede fingir sorpresa cuando las estadísticas gritan lo que todos sabemos, pero pocos quieren afrontar.
Este siglo ha acelerado la vida hasta volverla irreconocible. La tecnología avanzó como revelación, pero las conversaciones familiares retrocedieron. Los niños crecieron rodeados de pantallas, pero huérfanos de palabras. Muchos padres confunden libertad con abandono, modernidad con permisividad, cariño con falta de límites. La crianza positiva, tan necesaria, ha sido malinterpretada como un dejar hacer que disfraza el desinterés. Educar no es complacer. Educar es formar. Educar es sostener. Educar es poner límites, y ponerlos a tiempo.

Cuando un adolescente se convierte en agresor o en víctima, no estamos ante un simple conflicto juvenil.ARCHIVO/LD
Nuestra generación creció con una mezcla de firmeza y ternura que nos marcó. Había orden. Había autoridad. Había comunidad. El barrio tenía ojos vigilantes, la escuela imponía respeto, la familia tenía presencia. Los adultos eran adultos. Hoy los roles se diluyen, los silencios se acumulan y los adolescentes avanzan a tientas en un mundo demasiado hostil para su edad.
Cuando la guía desaparece del hogar, la calle siempre está lista para adoptarlos, pero nunca para educarlos. Ser padre en este siglo exige mucho más que amor. Exige vigilancia responsable, presencia real, acompañamiento emocional, supervisión constante y autoridad moral. No es controlar la vida de los hijos, es caminar junto a ellos para que aprendan a controlar la suya. No es prohibir por miedo, es enseñar con sabiduría. No es evitar conflictos, es entrenarlos para resolverlos sin violencia, con palabra, criterio y autocontrol.
La muerte del joven Noelvin Jeremías no es solo una tragedia familiar. Es un campanazo que nos recuerda que un adolescente con un arma blanca en la mano es, en el fondo, un niño sin dirección. Un menor que no encontró quien lo guiara a tiempo. Un país que sigue improvisando mientras la violencia juvenil reclama acciones firmes, coherentes y sostenidas.
La sociedad dominicana enfrenta una responsabilidad histórica. Recuperar la estructura de la familia, la autoridad de la escuela, la vigilancia del barrio y el sentido comunitario. Nada de eso se logra con discursos. Se logra con padres que vuelven a preguntar, que vuelven a observar, que vuelven a escuchar con profundidad. Con adultos decididos a ser faro, no espectadores. Con hogares capaces de equilibrar cariño y control, confianza y supervisión, libertad y límites.
La adolescencia no puede caminar sola en un mundo tan cambiante e indolente. Si la familia renuncia a ser guía, la calle se convierte en maestra. Y esa maestra nunca enseña a vivir. Solo enseña a sobrevivir. Este siglo nos exige criar con memoria del pasado, herramientas del presente y valentía para el futuro. Porque cada niño que perdemos es un pedazo de país que se nos va entre las manos. Y porque la única herencia capaz de transformar una nación siempre empieza en el hogar.
Fuente: Listín Diario





