Reflexión
Los comportamientos humanos son complejos, no ocurren de forma lineal, más bien son multifactoriales. La crianza positiva, la educación integral, la formación en valores y una estructura de personalidad sana y funcional, basada en hacer lo correcto, constituye un factor protector frente a la corrupción, pero no garantiza que el individuo no transgreda las normas sociales.
El factor ambiental, la presión social, la búsqueda de validación social, la necesidad de notoriedad, de éxito y de estatus sociales, son factores psico-sociales que tienen mayor influencia, junto a los amigos o grupos de riesgos que la crianza y la educación en personas inmaduras con rasgos narcisista, psicópatas o maquiavélicos.
La corrupción tiene muchas miradas, desde factores de personalidad, las debilidades institucionales, la cultura “normalizada” que estimula la permisividad por realizar prácticas corruptas debido a la falta de consecuencias: “siempre escapo de los castigos” o “las cosas se olvidan rápido” “nada va a pasar”. Sin embargo, los corruptos tienen algunas áreas de su cerebro que no funciona del todo bien, pero tienen conciencia de lo que hacen, de lo planificado y deben pagar por sus hechos criminales.
La neurociencia explica cómo el cerebro del adicto al poder o al dinero produce una hiperactivación de su sistema de recompensa, cada vez que se ve expuesto a la oportunidad de conseguir dinero, estatus o poder, donde hay una descarga dopaminérgica en su cerebro. Es decir, la corrupción le da una sensación de placer, de triunfo, de impulsividad y de continuar la actividad corrupta sin poder parar, no importa las consecuencias.
Además, los corruptos empiezan a disminuir su empatía emocional y social: no sentir el dolor ajeno, ve a la persona como un medio o propósito, justifica moralmente su conducta o la relativizan, pero también su cerebro es menos crítico, no discrimina o no reconoce los daños, no mide consecuencias o riesgos debido a su necesidad impulsiva por el dinero.
Es decir, en los corruptos, el placer supera la culpa, el poder apaga la empatía, y la moral se vuelve flexible, la avaricia y la gula niega la ética. Cuando un grupo decide de forma consciente y organizada practicar actos de corrupción o narco-política, se apoyan en un sistema articulado en varios ejes para ser menos impactado, o poder negociar o quedar blindado en el peor de los escenarios.
En las prácticas corruptas, se filtran personas con psicopatías, ya sean funcionales o estructurados, con inteligencias, habilidades y destrezas, con presencial y visibilidad de “personas de éxitos” “reconocidos” para manipular, llegar o alcanzar propósitos o filtrarse donde existen las oportunidades.
Los corruptos, al igual que los depredadores emocionales y sociales, eligen su presa, estudian las vulnerabilidades, seleccionan la manada y saben cuándo atacar. Sin embargo, lo que siempre se valora de forma sistémica y circunstancial, ¿no existe nadie que le enseñe limites, o que lo pueda tener, confrontar, persuadir o negarse acompañarlo; esposa, hijos, hermanos, amigos, compañeros de trabajo?
Lo preocupante es cómo el sistema se hace cómplice, vulnerable, se acomoda al disfrute, confort, al placer y a la vanidad. Los límites tienen poder, cuando se ponen, nos ayudan y nos permite conocernos más, cuando se desconocen, nos hacen más vulnerables y más riesgosos.
La corrupción en la vida pública y privada, daña la democracia, a la sociedad y a los partidos políticos. La corrupción tiene esas diferentes miradas, pero la indignación, la náuseas y desprecio es de todos y todas.
Fuente: Hoy





