El tránsito en República Dominicana dejó hace tiempo de ser un simple problema de movilidad para convertirse en un reflejo crudo de lo que somos como sociedad. Cada semáforo en rojo ignorado, cada giro indebido, cada motorista que circula en vía contraria no es solo una infracción: es una declaración abierta de irrespeto a la vida, a la Ley de Tránsito y al prójimo.
Conducir en nuestras calles se ha transformado en un ejercicio diario de supervivencia. No se trata únicamente del caos, sino de una cultura donde impera la ley del más fuerte, del más rápido o del más imprudente. Aquí, el que respeta las normas parece ser el tonto, mientras el infractor es celebrado por su “viveza”.
El problema no es nuevo, pero sí cada vez más grave, principalmente por el aumento de la imprudencia ciudadana. Nos quejamos del desorden, pero contribuimos con él cuando estacionamos donde no debemos, cuando usamos el celular al volante o cuando “pagamos” para evitar una multa.
Las autoridades deben reforzar su accionar por el orden y la persecución a los violadores de la Ley de Tránsito. Se necesita una aplicación firme, constante y sin privilegios de esa normativa, que debe ser igual para el chofer de un vehículo del transporte público, el motorista y el conductor de yipeta de lujo.
Pero sería injusto cargar toda la culpa al Estado. El tránsito es, en esencia, un problema de educación y valores. Aprendimos a manejar vehículos, pero no a convivir con los demás frente a un volante. No entendemos que una señal de tránsito no es una sugerencia, sino una obligación.
El tránsito dominicano no cambiará solo con más semáforos o nuevas leyes. Eso sucederá cuando asumamos que cada acción al volante tiene consecuencias, y entendamos que respetar las normas no es un acto de debilidad, sino de civilidad.
Mientras eso no ocurra, seguiremos atrapados en grandes tapones, donde el ruido de las bocinas ahoga la razón y el asfalto se convierte, día tras día, en escenario de desesperación y estrés para miles de personas.
La solución de los problemas de circulación de vehículos en las grandes ciudades, como en las carreteras y autopistas, donde reina la velocidad, es un asunto de conciencia, respeto a las normas, prudencia y cuidado de la vida. Ahora que estamos iniciando un nuevo año, ¡unámoslo por un tránsito más ágil y seguro.
Fuente: El Caribe





