Democracia y tecnología
Por Fernando Gil-Cedeño
Lula da Silva llegó a la segunda vuelta de las elecciones brasileñas con más de dos millones de votos por debajo de su rival y salió de ella reelegido con el 51,79 %.
Desde que existe la segunda vuelta en Brasil, ningún candidato había logrado remontar así. Pero lo que dejaron estos comicios trasciende sus fronteras. Las plataformas digitales donde hoy se informan y debaten millones de ciudadanos han dejado de ser terreno neutral y se han convertido en actores políticos con intereses propios.
El choque entre las grandes tecnológicas y Brasil venía de antes. En enero de 2025, Mark Zuckerberg, fundador y director de Meta, el grupo dueño de Facebook, Instagram y WhatsApp, anunció el fin de su programa de verificación de datos en Estados Unidos y acusó a «tribunales secretos» de América Latina de ordenar en silencio la retirada de contenidos, un mensaje que en Brasil se leyó como dirigido a su justicia.
La elección presidencial brasileña se jugó, en buena medida, en las pantallas. Según el Instituto Reuters, más de la mitad de los brasileños ya se informa por redes sociales, por encima de la televisión. Desde que Google dejó de vender publicidad política en el país, en 2024, Meta quedó prácticamente como la única gran vitrina pagada para las campañas en internet.
Las redes nacieron con la promesa de ser espacios horizontales y libres, abiertos a la creación de contenido y al debate democrático. Y en parte la cumplieron. Dieron voz a quienes nunca la tuvieron y permitieron que ciudadanos y movimientos sociales se organizaran sin intermediarios. Pero esa utopía se ha ido apagando en la práctica. Lo que parecía una plaza pública es, en realidad, una propiedad privada, y sus dueños se han convertido en actores políticos sin una regulación a la altura de su poder. Ya en 2010, el investigador Tarleton Gillespie advertía que la palabra «plataforma» no era inocente, porque con ella estas empresas pedían protección por dar voz a millones y, a la vez, la menor responsabilidad posible por lo que esos millones decían.
En Brasil, esa supuesta neutralidad quedó en entredicho. La campaña de Lula llevó a Meta ante el Tribunal Superior Electoral, que le ordenó dar un trato igualitario a ambos candidatos y, ante el incumplimiento, le impuso una multa de un millón de reales diarios, unos 200 000 dólares.
La grieta más profunda en ese discurso de neutralidad se abrió desde dentro de la propia empresa. En conversaciones internas publicadas por Folha de S.Paulo, empleados de Meta admitían que la cuenta de Lula en Instagram estuvo casi un día entero sin poder promocionar contenidos, mientras el perfil de Flávio aparecía entre las recomendaciones, algo que las reglas electorales prohíben.
En pruebas que cualquiera podía repetir desde su teléfono, la inteligencia artificial de Meta en WhatsApp diseñaba sin problema un cartel con «Flávio 22», pero se negaba a hacerlo con «Lula 13». Meta lo atribuyó a un fallo de sus filtros, que no reconocían un nombre de pila común junto al número electoral.
Esa explicación nos retrotrae al término técnico de affordances, es decir, lo que el diseño de una tecnología permite, facilita o impide hacer. Sin necesidad de probar intención alguna, una decisión técnica tuvo un efecto político desigual en plena campaña. Se cae así el mito de las redes como espacios de total libertad, por si a alguien todavía le quedaba alguna duda después de ver cómo Elon Musk compró Twitter y lo rehízo a su medida. Pero el problema de fondo no es solo la voluntad de sus dueños. Es que decisiones de diseño tomadas lejos del público, por ingenieros y filtros automáticos, pueden inclinar una campaña sin que nadie lo haya decidido. Por eso no basta con confiar en la buena fe de las empresas. Este caso demostró que su poder solo se equilibra cuando alguien las vigila, como hicieron aquí los usuarios, la prensa y la justicia electoral.
En las redes, el hoy famoso «Exército do Lula», el canal de WhatsApp dirigido por el diputado André Janones, superó los 10 millones de seguidores y, todo indica, ayudó a levantar la moral de una militancia golpeada y a darle dirección a la campaña. Es probable que haya contribuido al triunfo, aunque medir cuánto requerirá evidencia empírica. Lo indiscutible es la magnitud de la remontada. Lula sumó 10,3 millones de votos más que en la primera vuelta, casi el triple de lo que creció Flávio.
A quienes atribuyen la derrota de Flávio a la extensión de la votación por dos horas, los datos del propio Tribunal los desmienten. Después de las cinco de la tarde se emitieron unos 34 000 votos, frente a una diferencia de más de cuatro millones. Si algo afectó la equidad de esta elección, fueron las malas prácticas de unas plataformas controladas por billonarios, cuyos intereses poco tienen que ver con los de un joven o una chica brasileña de una comunidad marginal que depende de políticas sociales.
Las redes prometían ampliar la democracia, pero hoy la voz de sus usuarios depende de reglas que nadie votó, escritas por empresas que no rinden cuentas a ningún electorado. Una plataforma capaz de dejar a un presidente en campaña casi un día sin promoción es un actor político, y como tal debe ser tratado. Regular no es censurar, sino exigir transparencia sobre los algoritmos, auditorías independientes y responsabilidades claras cuando sus decisiones alteran la competencia. República Dominicana, que volverá a las urnas en 2028, haría bien en tomar nota antes y no después, para que en sus elecciones gane en buena lid quien realmente tenga el favor del pueblo, y no el del algoritmo.
Sobre el autor
Fernando Gil-Cedeño es consultor en comunicación política, investigador y docente universitario. Cuenta con un MSc en Media and Communications Research por la London School of Economics and Political Science (LSE) y un máster en Gestión de la Comunicación Política y Electoral por la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB).
Fuente: Hoy




