Ejercer la comunicación, dígase sus menciones derivadas como el periodismo (prensa escrita, radio, televisión), relaciones públicas, publicidad, y otras, conlleva una responsabilidad histórica que en la actualidad representa un desafío ante la nueva horizontalidad en la que se desenvuelve esta área tan delicada y determinante para el Estado y todos los colectivos que lo conforman.
Ser la voz de otros conlleva una formación que tiempos atrás se hacía de manera técnica, empírica y que afortunadamente hoy ya se profesionaliza, pero… valga el pero, los nuevos tiempos y la era tecnológica les han dado el permiso a muchos de introducirse en el mundo de la comunicación sin tener el conocimiento ni manejar las técnicas ni el rigor para abordar un comentario, o una entrevista, con la profesionalización requerida.
Sé que muchos que desconocen el tema podrían cuestionar lo que planteamos argumentando que cualquiera podría poner una «camarita», tomar un micrófono y empezar a «opinar» sobre el tema que le parezca y, peor aun, hablar de cualquier figura sin tomar en cuenta que existen leyes que penalizan lo que se diga sin base ni prueba alguna si el perjudicado decide demandar. Y por esto último he vuelto a escribir al respecto.
El Código Procesal Penal contempla sanciones más duras a partir de agosto para aquellos que osen difamar o injuriar en medios o plataformas y esto, como periodista formada, lo aplaudo. Lo que se está viviendo en el mundo de la comunicación hoy día amerita una atención urgente para frenar a todo aquel que libremente usa un medio para atropellar y linchar moralmente, sin prueba alguna, a alguien por «x» o por «y» razón, asumiendo hasta temas personales que luego tratan de resolver con «unas meras disculpas».
Creo que las recientes condenas por difamación deben sentar un precedente para todos: para los colegas formados y de manera especial para quienes incurren en usar los medios en perjuicio de personas o figuras que al igual que ellos tienen familias (esposos/as, hijos/as, madres/padres).
Alguien me dijo que esto era una censura al ejercicio y lo detuve diciéndole: no, no lo veo como censura al ejercicio, lo veo como un freno necesario a quienes usan el oficio, incluso sin ser periodistas formados, para dañar, manipular, chantajear y extorsionar. Si la ley se aplica y el perjudicado no abandona su derecho a ser resarcido, sé que muchos lo pensarán dos veces antes de fabricar falsedades. Debemos recuperar el periodismo de respeto.
Fuente: El Caribe





